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LOS DOMINGOS, PAN Y VINO

LOS DOMINGOS, PAN Y VINO

 

            Antes, un domingo por la mañana era una diurna de parque, misa y aperitivo, para terminarla en la casa de los abuelos con paella o escalopín, y de postre, helado o tartaletas de pastel de manzana. Después, sobremesa, dibujos para los niños y película que o bien la firmaba John Ford o bien la protagonizaban Cary Grant o los Marx. Domingo tarde, fútbol. Domingo noche, otra vez cine... Ahora, los niños deben de sufrir en el día del Señor y desear la llegada del lunes, porque el domingo se les habrá convertido en un día de tedio y monserga, a buen seguro peor que la de algunos mosenes desde los altares. Se ha puesto de moda el domingo político. Todos los partidos, después de saltarnos los colores del alipori (de la vergüenza ajena) durante toda la semana, se visten de casual wear – igual que los ejecutivos los viernes – y celebran haberse conocido.

 

            Nadie sabe qué festejan, pero los feligreses de los partidos comulgan con la felicidad, tremolando banderines y leyendo pasquines que los churumbeles no entienden -  ni aquellos que saben leer - . Ya  no hay fe en las alturas, sólo en lo mediano, si acaso en lo de más abajo – donde parecen estar nuestros representantes, abajo, y cada vez más abajo -. 

 

            Así, podemos ver a Mariano Nariano – como le gusta decir a Buenafuente – blandiendo un micrófono, rodeado de jóvenes que se saben el “Alabaré” – que no cantan ya en misa, hacen pellas y se van al mitin dominical - y el “Amo a Laura” a pies juntillas. El señor Nariano expone sus arreglos de futuro, cuela un par de chanzas y sonríe afable ante el aplauso - ante las palmas que nunca criticarán -. Todo el mundo necesita un par de palmadas en la espalda - “pa seguir pa´ lante”-, pero los políticos requieren llegar a la siesta del domingo con los genitales bendecidos - “pa dormir a gustico”-.

 

            En la otra faz de la política nacional, los otros – como la película de Agoranábar-, muy parecidos, casi iguales, quienes se reúnen y se saben el “mírala, mírala, la puerta de Alcalá” de Víctor Belén y Ana Manuel (ingenio robado a Montero Glez) de puturrú. En vez del azul, visten y se envuelven del rojo. El gobierno. Ahí es nada. El PSOE, con la maestría que le precede en tal lid  publicitaria – la sapiencia procede del Felipe “empanado”, con coderas de maestro en la chaqueta, de cuando las féminas le llamaban Nadiusko de lo rebueno que estaba -. Lo de ayer no tiene desperdicio, la verdad.

 

            El paseíllo de las muchachas SOE empijotadas, como los ángeles de  ZP, es de toma pan y moja.  María Teresa eastwood de la Vega, vestida cual zagala buscando chorbo en el dancefloor, resquebrajó las baldosas con la navaja de los tacones. No se acercó ningún apuesto sportman, ya que todos los varones guardamos aún en la retina – como una pesadilla infantil - la imagen veraniega de Terminator desinflado y en biquini colorío, caminando por la playa. Bibiano Aído se adornó como una pepera de pedigrí, y me recordó a Cayetana Álvarez de Toledo, pero sin que sepa la mitad de la mitad a la hora de juntar palabras. Sí, se apuntó a la moda gaviota, o gavioto, si el pájaro es macho. También pepera me pareció la Trini, quien movió el pandero al ritmo de los jazzmen, tan salada como siempre. Y los tipos, como del PP, pero con un puntito de sal  más cool, con la camisa negra de De Juanes.

 

Cada vez encuentro menos diferencias entre unos y otros en el juego de las viñetas. Y si el hábito hace al monje… quizás seamos todos iguales. Y ya los domingos, socialistas, peperos, peneuvistas, rosistas -¿- … sólo queramos feligresía de partido, pan y vino repartido por los líderes. 

CENTELLA, PRODUCTOS DE LIMPIEZA

CENTELLA, PRODUCTOS DE LIMPIEZA

 

José Luis Centella se ha encaramado al primer escalafón del Partido Comunista del Jurásico Español. Quiere regresar al triste páramo de ideas políticas los postulados socialistas (suponemos que más tendentes al marxismo), que piensa necesarios para limpiar de suciedad al capitalismo. José Luis y sus muñecos del pecé - Monchito y Rockefeller cantando "arriba, parias de la tierra" - rescatan los productos de limpieza Centella - en los últimos años de capa caída en cuanto a ventas-, y, haciendo gala a su apellido,  pretenden lavar la cara a nuestra sociedad capitalista con un pañuelo comunista. Algo así como asear los dignos retretes con el cubo de las heces.

 

Estoy de acuerdo con Churchill, cuando dijo aquello de  “la democracia es el peor sistema de gobierno, exceptuando todos los demás.” Y, por supuesto, pienso que el capitalismo debe galopar embridado por la regulación. Para que aquellos fantoches que, al leer el Playboy, se masturban rastreando las fotos de los yates y los relojes, y se higienizan con el talonario, estén más agarraditos que en las últimas décadas. Sin embargo, José Luis “spray” Centella no debe de estar de acuerdo con el hombre más importante del siglo XX (a mi parecer, claro). Él se agarra a las excepciones. Cuando las excepciones son el fascismo, el nazismo, el comunismo, y todos los ismos violentos que revolucionaron el mundo en la primera mitad del XX, Centella llega con un haz de ideas nuevas en la mano: La hoz y el martillo, que son precisamente efectísimos productos de limpieza. La abuela le habrá descongelado hace un par de fines de semana con un secador de pelo, porque no se entiende que todavía llegue un tipo con tal rostro, defendiendo tales ideas y creerse adalid de la justicia y la igualdad, sin despeinarse, oiga. Los números de millones de muertos bajo el comunismo se nos diluyen en las estadísticas, ésas que aludía Stalin: “Una muerte es una tragedia, un millón de muertos simple estadística”. A don José no le daba igual ocho que ochenta, siempre quería ochenta. Y si las cifras se diluyen es por oscurantismo, porque todavía, ni chinos ni rusos, nos desvelan guarismos. Volviendo a Churchill: “Es un acertijo, envuelto en un misterio, dentro de un enigma”.

 

Y tal acertijo, tal misterio y tal enigma es el que envuelve a este José Luis, sin claridad ni luz, sólo Centella, cuando defiende la dictadura de Fidel. Otro fidelísimo a Fidel: En el mitin, flamean la bandera, pasean la efigie fotografiada, palmean la espalda de una tuerca del gobierno cubano con forma de persona. Pido que la abuela regrese al chavalote, ya cincuentón, al frigorífico, para que perpetre las revoluciones entre los productos lácteos que se come al desayunar, para que mire los alimentos que andan fuera de una cartilla de racionamiento cubana y piense que, entre ficha y ficha de dominó, al cubanito le gustaría comer. Que la abuela le dé un garbeo por las bibliotecas públicas -sí,  públicas - y las librerías que venden libros - sí, venden, ¡horror! – de todos los colores y condiciones, para que lea un poco el chico, y piense que allá en Cuba, no pueden escribir lo que les venga en gana. Pensar sí, porque eso no se ve, pero si se viera, a la trena. Por cierto, les encierran en unas celdas muy sucias, guarrísimas, infrahumanas, faltas de los productos de limpieza  Centella. Como estos días va allá de vaciones, que los importe, hombre, señor don José Luis "spray" Centella.

Sabina, siglo XIX

Sabina, siglo XIX

 

Sabina es el que trova los madriles viniendo de Úbeda, Jaén. Ha dejado todo un ramillete de frases que santifican la ciudad como matriz de la canalla española, desde que aposentó su sed de borracho allá por el 78. Son muchas: “una jeringuilla en el lavabo”, “donde el deseo viaja en ascensores”, “con su boina calada, con sus guantes de seda…”.  Ha llegado a tal punto de consenso, que las niñas pijas de mechón de oro le cantan coros en el Palacio de los Deportes, junto a los macarras algo poetizados, todavía con los macarras que les resta algo de casticismo. Convergen cuando las unas oyen en el Polo al inquisitoriable Bisbal, y los unos a AC/DC en la furgo con ambientador de marihuana.

 

Ahora se ha unido a Pereza para rocanrolear la última canción. Y a mí esto no me ha sentado muy bien. Qué quieren que les diga, pero las canciones de Pereza me resultan tan ñoñas, tan enlatadas para venderlas junto a la Barbie Rock, que me huele a tufo de marketing, algo así como para que la adolescencia que hay que enseñar a masturbar, se entere de la presencia del que se ríe como un pirata cojo, con parche en el ojo... Los de Pereza parece que se disfrazan de Keith Richards los viernes por la noche y luego duermen con un esquijama blanquirosa. Reconozco que han mejorado, y con canciones como “Champagne” se ponen un poco más duros que cuando cantaban aquello de “Nunca he conocido nadie como tú, me gustas tanto… Vamos a hacer una fiesta, Me importa un huevo el vecino.”. Tan duros como Dylan, el chico duro de “Sensación de Vivir”. Supongo que a las adolescentes les supondrá un sueño entre tibias y calaveras, una liberación patriarcal de nuevo en el lado del mal.

 

Volviendo a Sabina, que es quien importa, sigue bombinero. Cuenta que la parca le lanzó un órdago a la grande y de milagro salvó el mus. No le quedó más remedio que someterse al agujero negro de una depresión y ascender palmo a palmo, clavando la pluma como un piolet, para culminar la montaña de los poetas, el parnaso, con un título ya clásico: “Ciento volando de catorce”. El libro tuvo su importancia porque parece ser que conquistó al público que no le gusta la poesía, y al que también le gusta, además de animarle a salir de la cama para volver a  cantar. Desde ese momento, desde que aconteció la sima del zurriagazo, Sabina se poetizó también por fuera. Se caló el bombín y se emperilló. Las chaquetas en sus actuaciones son cada vez más extravagantes y extemporáneas, mucho más cercanas a las levitas del dandismo del XIX de los poetas malditos que a la guardarropía horterísima de los 80. Los botines no faltan, a veces hasta portando un bastón comanda el concierto, como una majorette, desfilando para una caterva de rufianes que leen a García Montero y a Benjamín Prado (su colaborador en el último disco).   

 

A mí, como a otros muchos, también me cansa que siempre se adjunte al rojerío tipical spanish - que llevan ciento cuarenta años con el mismo pin en la solapa -, junto al actor de pose envarada - muy religioso en cuanto a reivindicaciones -, el cantautor sibarítico, diletante - que lleva ciento cuarenta años sin enemigo a quien cantar, y si no es que se lo ha inventado -, y el comunista que ni está ni se le espera - ahora aparece un tal Centella, con las ideas gélidas y chirriantes del viejo transiberiano -. Pero se le perdona, porque cae bien y son muchos los hombres de talento que sucumben en estas veleidades de artista. Además es un cachondo, y además es bueno, muy bueno, se atreve hasta con la canción taurina, dedicada a Manolete. A ver si nos dejan un hueco las pijas de mechón de oro y sus amantes macarras, y podemos verle en directo. Me quito el bombín.

 

 

LOS PLACERES DE LOLA

LOS PLACERES DE LOLA

Si yo fuera un adolescuente extremeño entraría en cólera. Saldría a la calle y derribaría el mobiliario urbano con la fina educación de la kale borroka. Incendiaría las sedes del PSOE y apedrearía las instituciones gubernamentales, de la Comunidad y del Estado, las dos, y las europeas por permitirlo, hombre. El cabreo sería monumental, como para lanzar siete plagas, no cabe otro grado ni otra reacción, ya que la ofensa es de órdago. Sí, la zangolotina y el zangolotino extremeños, deben de albergar en el pecho no un corazón, sino un tambor de guerra zulú.

 

La  Junta de Extremadura ha declarado a los chavales de la tierra tontos de capirote, tontos del bote, tontos del haba, tontos del ciruelo,  tontos, al fin y al cabo, en todos sus grados y formas.  Laura Garrido (ojo, yo soy Garrido-Lestache), presidenta del Consejo de Juventud de Extremadura, ha levantado el proyecto junto al Instituto de la Mujer, se llama: El placer está en tus manos (si hubiera castigo por la cursilería, esto es como para mandar una bala a la familia, como hacen los malevos en Brasil para señalar una muerte). Resulta que quieren enseñar a unos chavales de entre 15 y 17 años a  masturbarse. En los tiempos que corren, y con Internet y el medio millón de páginas porno y con una información sobre sexo que sobrepasa la biblioteca de Alejandría y todas las bibliotecas juntas (me temo).

 

Entremos en el tema. Si una zangolotina o zangolotino de esa edad no sabe usar el chisme, o los chismes, si no sabe que sirven para algo más que para la expulsión de micciones, es que es tonto, y si es tonto, mejor que no aprenda a usarlo, porque o lo introduce donde no debe o se introduce lo que no debe. Pero si son normales, sabrán que ahí abajo pica, y si uno toca, da gustito. Es como impartir clases para sacarse mocos, es dar lecciones para abrir las latas de refresco, es enseñarles a atarse los zapatos. Es un insulto en toda regla, oiga.

 

Como no podía ser de otro modo, detrás del tema está Bibiano, quien, tras ver (visionar dicen los horteras) una película del “destape” y ante la polémica levantada, declaró: “Siempre es necesario hacer una inversión en educación sexual…”. Yo entiendo que el invento esté encaminado para que las féminas adolescuentes aprendan para qué sirven las diferentes clavijas y laberintos de su maravillosa maquinaria. Y ante esto no opino, se lo dejo a las mujeres, aunque pienso que, quizás, lo suyo sea descubrirlo en la intimidad, pero bueno… Sí que hablaré de los zagales de entre 15 y 17 años. Estos casi hombres, entre lubricantes, juguetes y demás “elementos didácticos sexuales” pueden montar el espectáculo del sátiro ante las ninfas,  algo muy zoológico, casi salvaje, si no se encontraran encerrados en un aula. Soltarán coces y relincharán como bestias, abrirán el abanico del pavo real, se golpearán el pecho como gorilas entre las sábanas. A esa edad el chaval oye teta, y automáticamente tiene que girar el picaporte para que no salte la botonadura del pantalón. Y con el calor que hace en Extremadura, que facilita el acceso al rijo, sólo espero que no acudan en chándal. A esa edad, uno camina más tiempo con la cabeza alta que con la cabeza gacha. A esa edad, y en chándal, cuando las chicas les vean con esas dimensiones febriles pueden “sentirse invadidas” (otras cursilada de frase hecha), la más suelta puede lanzarse y morder, y a partir de ahí el guirigay que se puede montar será del gusto de Calígula y su caballo cónsul.

 

Las clases de marras pueden acabar como un cuarto nocturno del Gran Hermano, qué guarrada (mejor sería gastar el dinero en educar sus gustos televisivos, que ahí está el meollo, el hoyo craneal). Si yo fuera alumno acudiría con una carpetita,  en toga, con una corona de laurel y una ponchera para animar la fiesta, como en “Desmadre a la americana”. Y hablando de películas para adolescentes, ¿y no sería mejor que les pusieran las películas de “Porky´s” o “American Pie”? No, perdonen, seguro que son machistas. Ya no sé a qué atenerme.

 

Lo más gracioso es que las clases las desarrollan tres castas mujeres,  propietarias de la tienda de armamentística sexual Los placeres de Lola, tócame la cola, de Madrid, Lavapiés. Ya las veo sin haberlas visto: feas, algo rechonchas, o muy delgadas, con el pelo a lo garçon teñido de caoba o rubio platino,  y sin flequillo, como las vascas de moda, gastando muy mal café al levantarse y al acostarse, y no creo que las guste el fútbol. A hacer negocio toca, nenas, qué suerte. Contáis con 14.400 euros de nuestros bolsillos para crear pajilleros ilustrados, pajilleros de Academia, pajilleros de matrícula de honor. 

EL FACTOR HUMANO

EL FACTOR HUMANO

 

No se menta otro asunto en la Corte, todos hablan del Alcorcón, del Real Madrid, del David contra Goliat, de la mala disposición de los defensas, de la mala disposición de los delanteros… Todos profieren sus conjeturas, todos lo ciudadanos deciden los ceses, no hay tertulia sin alcorconazo ni debate sin Pelligroni en la boca. Por lo que no seré yo quien se atreva a mentar algo nuevo en cuanto a lo deportivo. Sí que pondré, sin embargo, el dardo en lo que se conoce como “el factor humano”, esa sustancia que nos concierne - a algunos más que otros -, y que le sirvió a Graham Greene  para escribir un novelón.

                                     

            1.-  El psicólogo del Alcorcón preparó a los jugadores a conciencia. Les reunía, les hacía cerrar los ojos y les conectaba, gracias a unos altavoces, con el Santiago Bernabéu en total ebullición de aficionados. Se concentraban en los cantos de los ultrasur a pleno pulmón, se preparaban para el rugido, necesitaban aclimatar el organismo para un entorno hostil. Estaban a punto, con los músculos a tono y la mirada determinada, tanto que se lanzaron a Chamartín en paracaídas, como Band of brothers, con los pómulos tiznados y el cuchillo en la boca. En la pradera recogieron la lona, armaron los fusiles y calaron la bayoneta. Todos en postura de guardia, en tensión, atentos a la zona contraria, al otro lado de la línea blanca. Y los rostros comenzaron a mudar, de la concentración al asombro… En la otra trinchera no se encontraron a unos torvos boches, a unos nazis venidos del infierno con la Totemkaft – las tibias en aspa y la calavera – como símbolo. Tuvieron la horrible visión de Mamadú disfrazado de París Hilton, de la cuádrupla de delanteros practicándose la cera en las canillas, de la defensa saltando en tutú “El lago de los cisnes”… Y así.

 

            El factor humano está claro: La humildad. El tipo del Alcorcón se prepara, atrapa las pompas de sus sueños y las solidifica en realidad. Pasa la eliminatoria soñando y trabajando el sueño con humildad. Mirando de abajo a arriba.

 

            2.- Florentino Gilito Pérez sale del palco, con la cabeza gacha y el abrigo sobre los hombros, como un Napoleón abandonando su Waterlín. En su cabeza hay batallas de guarismos, cifras que se dividen, logaritmos neperianos que encallan con un 4-0. Se dirige a la capilla del Bernabéu, donde descansa sobre un almohadón de oriflama el tobillo deseado. Lo besa.  Al llegar a casa se baña en la piscina de monedas de oro para relajarse, se pone el pijama con el escudo del Madrid, el gorro con el símbolo del dólar. El ceño se le cae de tristeza. Se duerme. Tiene pesadillas, rezonga, se despierta con sudores… Al día siguiente, ojeroso, cetrino, enfermo, le dice a Valdano - el de la insoportable retórica -, tumbado en un diván del despacho: “En ocasiones veo alcorqueños”.

 

            El factor humano: La arrogancia. Desde que Gilito Pérez dijo a Zapatero en Copenhague que su equipo iba a fusilar al resto de equipos en todas las copas y campeonatos, el Real Madrid no da pie con bola. Gilito Pérez mostró un dólar sobre un risco y creyó abrir las aguas. Se ve en el palco como Zeus sobre la nube, él hace y deshace, él crea banquillos, él, él, él…  Él se ha creído el elegido. Sin embargo, Fashion Guardiola siempre habla de la humildad, del trabajo, del día a día, de lo difícil que es todo… Qué raro. Gilito mira de las alturas a abajo.

 

            3.- A Donald Pellegrini todo el mundo lo quiere echar. El mundo es cruel. El hombre no tiene arrugas, tiene exequias. Hay que ser muy duro para querer largar a un hombre con semejante cara de pena. En las formas, yo ya no sé si es un tío con estilo o un cagapoquitos.  En el fondo, yo no sé qué pasa, pero no funciona. Me temo que debería de cambiar los funerales del rostro por la rabia y un látigo de siete colas, para aplicarlo en los pompis del vestuario. Donald Pellegrini la volvió a pifiar, alineó a los niños (de renombre) descolocados.

 

            El factor humano: Carácter, el factor carácter, es lo que falta. Necesitaba crear un bloque de aguerridos soldados y nos ha traído una punta de plañideras. Colocación, el factor colocación, es lo que falta. Los jugadores parece que sólo se conocen por epístolas. No congenian… En fin. No mira, o le da cosita mirar. O eso parece. Ni arriba ni abajo.

 

Y 4.- Jorgito, Jaimito y Juanito… Raulito, Pepito, Kakito… Los sobrinos Donald están atolondrados, salen al campo perdidos, distraídos como las muchachas enamoradas. El tío Gilito les da chuches, el tío Gilito les manda a pilotar Audis sobre la nieve, anuncios sobre los rascacielos de Madrid… Son los nuevos Galácticos. O más bien los Lácticos, son la leche. Si los del Alcorcón oían al radical ultrasur para concienciarse en la batalla, ellos hacían coreografías de Abba. Que no se tiñan más el pelo, que se dejen de Capillas Sixtinas en el brazo, que les obliguemos a ver en la pantalla a Chuk Norris y a Balboa y no a Isabel Coixet. Que no compren el Hola!, ni el QMD para ver si salen guapas, la revista más femenina Caza y Pesca, a lo sumo. 

 

Factor hunano: La vanidad. Entre bolsos de Vuitton y pantalones Versace no se puede fraguar un músculo. Les falta en la cara el rictus de salir al campo para comer cristianos.  Les entra colitis en el Bernabéu. El factor es el miedo y pensar “yo soy una estrella, tía”. La flojera y la vanidad.  Se miran al espejo y lo besan.

DE ANACLETOS

DE ANACLETOS

 

Si el mundo estuviera poblado de hombres que sienten por el prójimo lo mismo que San Francisco de Asís sentía por el pollino, el cánido o la abutarda, aceptaría Sitel como elemento preventivo, como olfateador inteligentísimo de criminales consumados. Pero, por lo visto, Sitel es un sabueso que nadie ve, que el Gobierno activa y al punto las Fuerzas de Seguridad entregan datos a mansalva, datos que pueden ser veraces o no, ya que nadie los controla. Más o menos podría ocurrir esto: uno dice a su pareja: “nena, esta noche no voy a cenar”. Y el policía entrega: “nena, esta noche no voy a cenar, he quedado con mis amigos, nos emborracharemos y acabaremos en el Club Tropical Girl´s, nos bañaremos en un jacuzzi lleno de champaña, folgaré a placer tanto con rubias como con morenas. Quizás llegue algo tarde. No te preocupes.”. Parece algo exagerado, pero podría ocurrir porque el PSOE levantó la normativa del sistema – que guardó el PP en la nevera – con el sigilo de un apache caminando sobre pavimento de algodón, para que nadie preguntara allá en el 2004 post-11M. Cuando las Fuerzas de Seguridad entregan los datos del presunto presuntuoso, no existe garantía de autenticidad, los discos se entregan sin firma electrónica y sin encriptar, lo que quiere decir que donde dice digo puede decir Diego, siempre que a un elemento se le antoje o un antojado, lo ordene.

 

Como decía, si todos atesoráramos la inocencia de los querubines, si nos desvelásemos por los desvalidos, si nuestro corazón se estremeciera con las acometidas de la injusticia y en el frontispicio de nuestra ética hubiésemos tallado las letras de una recta moral, estaría de acuerdo. Pero “en estos muros de la patria mía” de Quevedo, Sitel tiene más peligro que un ejemplar de Playboy en unos baños talibanes. Estamos hablando de que ahora lo utiliza el PSOE seguramente para lo bueno y para lo malo, es decir, para la lucha antiterrorista y sus lizas políticas contra el PP. Después, puede llegar el PP, y  emplearlo para otras tantas batallas electorales, para degradar al opositor.   Estamos hablando del país de los Güelfos y Guibelinos, de los hunos y los otros, de carlistas y liberales, de rojos y fachas.

 

El invento estaría bien, sí, para esos hombres y mujeres que miran al horizonte con la grandeza de un héroe, dispuestos a labrar un futuro mejor, más justo, para el prójimo y las siguientes generaciones. Pero resulta que no, que  nos encontramos en España, tierra de audaces ladrones, páramo de honrados, vergel de la engañifa, la desigualdad y la violencia. Allá donde hay un español, hay un compatriota observándolo de soslayo con inquina. Si el maravilloso invento no se regula hasta la extenuación, hasta prácticamente su anquilosamiento obligado, los españoles lo utilizaremos para lo propio, para lo que nos gusta. Del mismo modo que en la Guerra Civil se aprovechaban las refriegas para saldar las cuentas de una deuda o salvar el honor de una indigna cornamenta, aprovecharemos Sitel para espiar los juegos de cama de un director de periódico que nos toca las pelotas con sus portadas, seguiremos el rastro de nuestras infieles parejas y de sus acompañantes, nos vengaremos del que nos puso la zancadilla en el pasillo del cole y perseguiremos al profe que suspende a nuestros hijos.

 

Si en otros países más civilizados, la inteligencia – el Mi5-6, por ejemplo - se porta tan mal, ¿qué harán nuestros mortadelos y filemones que pescan merlines en vacaciones, como ese Alberto Sanz? ¿Qué puede perpetrar Rubalcaba por un puñado de votos? Y la pregunta de siempre en estos casos de anacletos, ¿quién vigila al vigilante?    

AYALA VERSUS PARCA

AYALA VERSUS PARCA

 

            El personaje de Delibes, de “La hoja roja”, se quejaba del frío. Le había llegado su hora, y descubrió que cuando te haces viejo te vistes de frío. Por eso, vemos a todos los ancianos buscando la fogata del sol en los parques, acercándose a las chimeneas y las estufas o rodeando las mesas camillas, para que el brasero les derrita las escarchas empezando por los pies. No sé cuándo sintió por primera vez Francisco Ayala el frío, no sé cuándo se vistió por primera vez con los velos del frío, pero parece que aquél tipo no sentía miedo por el frío ni a lo que conlleva, que es la muerte.

 

            Las últimas décadas, en sus múltiples homenajes, se ha paseado por la vida cultural española como una estatua rediviva, sin muerte prevista en el horizonte o denegándola si aparecía sus dotes, hasta llegar a la impertinencia. La parca le habrá pillado leyendo el periódico que nunca se olvidó de leer - “nunca he bajado la guardia”, decía refiriéndose al día a día de la vida intelectual - o le habrá cogido en un duermevela traidor. La parca le tiró una nueva neumonía para ver si esta vez caía, y por fin le salieron los dados como a ella le gusta, pero después de perder los números muchas tandas, muchas partidas con el caballero. La debía de tener muy cabreada. Incluso a veces se debió de olvidar de él, de insistir en la perpetua persecución que a todos nos atosigue, y por eso Ayala pensaba que asistía a su propia muerte, como si se hubiera salido del cuerpo porque ni siquiera éste le aguantaba. Se reía de su vejez cuando los amigos le halagaban con un “qué bien te encuentro, don Paco”, y contestaba: “si me ves por las mañanas”. A cada tarde le acompañaba un whisky, lo que acrecentaba su vitalidad y su humor, aunque no denegaba valor a los genes y a la suerte, porque eso sería perder el Norte de la inteligencia y don Paco ni en las chanzas lo perdía. Su rostro ha cambiado tanto a lo largo del tiempo que parece otro tío, al envejecer se ha convertido en otro.

 

            En un prólogo de una de las últimas ediciones de “La cabeza del cordero”, hablaba de la década de los 20, de los tiempos en que el charlestón divirtió en el Hotel Ritz, mientras los artistas “deshumanizados” de Ortega y Gasset encontraban el éxito entre vanguardias pictóricas, greguerías y otras actitudes festivas del arte. Él, sin embargo, que vivió en Berlín en los años que el nazismo germinaba como un cáncer, necesitaba otras actitudes estéticas que las empleadas por la generación del 27 o el resto de artificieros de ojos vendados. De repente Europa le olía raro, le olía a ideologías que contenían la maquinaria de las bombas entre frase y frase, le olía a muerto debajo de la alfombra mullida. Por lo que no tuvo más remedio que dedicarse a otros menesteres literarios. Abandonó la vanguardia de “El boxeador y un ángel”, pues, y se enroló en la prosa "seria", no en la prosa simplemente reivindicativa y descriptiva, sino en la cervantina, averiguando los tipos que ya descollaban en España, los rencores, las envidias, las diferencias, lo que en realidad siempre hubo - y a veces hay - y se disimulaba tan bien. Intuía un texto futuro que todos iban a leer y que molestaría a todos, a paletos y urbanitas, a marqueses y obreros, a banqueros y ganapanes, a pinchauvas e intelectuales, a rapsodas y militares. Era el texto que los personajes no lograban desentrañar en “El mensaje” y tanta desazón, intrigas y ansiedades causaba. Lo que olía Ayala era el hedor de la Guerra española – así se la conocía en Europa -, y lo que apestaba era la Segunda Guerra Mundial.

 

            Le tocó vivir el pútrido siglo XX al completo y parece mentira que siempre le cupiera una sonrisa en el rostro. Pero resulta que conocía el mapa que enmarca lo bello y lo siniestro, y sólo transitaba los caminos de lo bello. Lo escribió en “El jardín de las delicias”, en la vida  el paraíso y el infierno se debaten continuamente, se entremezclan. El paraíso es elegirlo.

    

MURIERON LA CALVOROTA, EL BIGOTE Y LAS GAFAS

MURIERON LA CALVOROTA, EL BIGOTE Y LAS GAFAS

Parece mentira, pero la suma de los personajes que ha encarnado López Vázquez nos daría como producto un hombre con el rijo de Belcebú. Y eso, a pesar de haber forjado el hierro de su obra mientras “Paca la culona”  - así le llamaba Queipo de Llano a sus espaldas - acaudillaba el país bajo palio.

 

La imagen más característica del actor es en pos de un nalgatorio “muy bien partido por la mitad”- como le oí una vez decir a uno -, cuya propietaria mide un palmo más que el español medio de los 60, de cabellos blondos y pechugas hipnotizantes. Y si López, como he leído una y mil veces, interpretaba al hombre medio español como nadie, no podemos llegar sino a la conclusión de que el español medio era un espécimen de verraco enfermo, que restregaba sus genitales contra las paredes con el aparecer de una curva en la calzada.

 

El español medio era un hombre de calvorota, bigote y gafas de concha que saltaban cuando alcanzaban el reflejo de una minfalda. También, el medio español, era un hombre bajo de pecho florido, de rizadas crines negras, que montaba excursiones a Perpiñán en autocar, para alcanzar la erección soñada en un cine licencioso y libertino, mientras Marlon Brando cocía la mantequilla en “El último tango en París”, en el culo de María Schneider. Sí, López Vázquez ahondó en el hombre que desechaba la amantísima rigidez ártica de la esposa, rechazaba las barricadas y los lutos que le habían preparado entre carne y carne, y se decidía a conquistar el campo sin puertas que ofrecían las suecas en biquini. “¡¿Dónde están las suecaaaas?!”, gritaba en la pantalla con los ojos como huevos duros, el ansia, el pecho y los brazos por delante - a lo Groucho -, el flotador, la sombrilla y el incendio interpernil.

 

Gracias a Berlanga se masturbó sobre los hombros de Luis Ciges, mientras a Bárbara Rey le fotografiaban la infinitud de sus piernas, o medía la cabeza del vástago para comprobar si había heredado el cabezón del suegro. Gracias a Jaime de Armiñán se vistió de mujer en “Mi querida señorita”, hasta que la diagnostican que era un hombre y protagonizó películas como “Doctor, me gustan las mujeres, ¿es grave?”, “Zorrita Martínez”, “Playboy en paro” o “Un casto varón español”. Sólo leyendo los títulos de su obra más deleznable se da uno cuenta de lo mucho que ha cambiado el barrio en treinta y tantos años. Y digo deleznable, aun haciéndome gracia sus apariciones incontables en el cine del landismo, el cine que más ve Bibiano Aído cuando no la ve nadie.

 

Luego, sí, tiene obras inolvidables – mucho Berlanga, Saura, Armiñán, Camus, Mercero, Dibildos -, que el tiempo dirá si las olvidaremos o no, - Dios quiera que no, yo no -, pero sin duda se le recordará como el arquetipo, el otro Landa, el otro español que usa gafas y cultiva la línea de un bigote fino fino, a lo Franco, a lo “Paca la culona”, y tres cuartos de españoles.

Al morir López Vázquez parece que mueren definitivamente nuestros abuelos, cuando se vestían de José Luis para acudir al Levante. Yo no sé qué harían nuestros abuelos cuando las esposas se daban la vuelta en la playa, pero se me ocurren unas tantas si seguían el ejemplo del héroe de la época, aquél que ya no se acordaba de hazañas ni de deshacer entuertos, sólo de llegar a la tumba con la quiniela de las rubias suecas sellada, cumplimentada. Es evidente que el sueño de  la razón, como la falta de libertad, produce monstruos – decía Goya -, y el español medio – los López, los Vázquez - se convirtió en el monstruo de Franco, cansado de lo rancio, avizorando la frontera, el extranjero, como un cielo de rubias y cines sin censura. No quería misas eternas, quería minifaldas, una prenda que hizo más labor que mucho carné comunista, porque era una bandera libertaria, muy apetecible, que se coló por las Baleares cuando se decía lo de “Spain is different” y no exigía leer El Capital.