DE SUJETADORES, CORTINAS Y TANGAS
Dicen los sabios que el sujetador ya se utilizó en la antigua Grecia, en Creta, en el 4500 antes de Cristo. El artilugio alzador de senos evolucionó, íntimamente hermanado al corsé, hasta lo que hoy conocemos como sostén, que nació en el 1914. Lo patentó una señorita empijotada de la alta sociedad neoyorquina, se llamaba Mary Jacobs, y lo distribuyó la Warner Brothers Corset Company. Ahí es nada. La prenda ha seguido prosperando, alcanzando diseños de la NASA, como nos explicó Alfred Hitchcock en “Vértigo”. El éxito sufrió un parón, cuando las muchachas de la contracultura, en los años 60, decidieron dejar luengas las cabelleras de la sobaquina, colocarse, vestirse como cíngaras y quemar el sostén, en un símbolo declarado de liberación femenil. Luego el tema continuó, porque no se gustaban con 35 años y las pechugas pendulando bajo los vestidos de moda. Así hasta nuestros tiempos de wonderbras diamantinos.
Sin embargo, estos días hemos leído que en Somalia te azotan en público si intuyen pecho firme bajo los burkas, velos, cortinajes, o como se llamen. El sujetador se ha prohibido porque es antinatural – como si las niñas nacieran envueltas en un velo -, por lo visto viola la sharia, la ley musulmana, ya que incita al sexo. Ahí les parta un rayo. Qué curioso, nuestras chicas llevan cuarenta años pudiendo quemar el sujetador y ellos todavía no lo admiten, cuando en Creta hace 4500 años, etcétera. Al Shabaab - grupo ligado a Al Qaeda cada vez con más poder en Somalia y África -, no es que nos quiera transportar al medioevo, es que nos quiere subir de nuevo al árbol, a los tiempos en que los homos no eran sapiens y vestían burkas de pelo. Tampoco pueden bailar en las bodas ni ver cine, entre otras prohibiciones. Lo dicho, ahí les parta un rayo.
En Occidente hay un problema con los maltratadores de féminas y algunos perfiles machistas de nuestro comportamiento, sí es cierto, pero también han alcanzado los mismos derechos y hasta tenemos que soportar las barbaridades de Bibiano. La sima entre algunas regiones y Occidente cada vez es más evidente, y el tema de la ropa interior parece un termómetro de libertad.
Sin ir más lejos, en menos de diez años el tanga se ha convertido en una prenda de uso común. Lo llevan nuestras jóvenas (que diría Bibiano Aída y Carmen Romero) y no tan jóvenas. Antes, cuando un hombre veía en una foto o en carne viva un tanga ceñido a un nalgatorio, sólo podía relinchar. Ahora, ya acostumbrado, relincha, pero más bajito y sereno. Según la periodista Anja Bergelson, lo descubrió un aventurero español, Yánez Iglesias – magnífico tipo -, en una isla del Pacífico chileno, Santa d´Or, en el siglo XVII. Lo vestían los pescadores y sus mujeres, y se llamaba tongo, que significa concha. Este hombre, al que tanto le debemos, lo exportó al Brasil y ahí fecundó en sus maravillosas y tórridas playas. A su mujer, ya en Madrid, la achicharró la Inquisición por usarlo. Y yo no sé qué haría uno de estos islamistas radicales somalíes - o de otra tierra - si las mujeres se sublevaran vestidas en tanga. Supongo que las descuartizarían en público o declaraban su exterminio, que muy lejos iban a llegar. O, a lo mejor, coño, alguno tiraba el kalashnikov y se dedicaba a un edificante fornicio.
La civilización parace que se alcanza primero vistiéndonos y luego desvistiéndonos. Acuérdense de los últimos años del franquismo, de Pajares, Esteso y Landa correteando detrás de la Bombi en pelotas y otras señoras. El problema es que estos tipos quieren colocar todo el fondo de armario sobre las testas de sus nenas y no parece llegar el momento del destape.
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sara -