CENTELLA, PRODUCTOS DE LIMPIEZA
José Luis Centella se ha encaramado al primer escalafón del Partido Comunista del Jurásico Español. Quiere regresar al triste páramo de ideas políticas los postulados socialistas (suponemos que más tendentes al marxismo), que piensa necesarios para limpiar de suciedad al capitalismo. José Luis y sus muñecos del pecé - Monchito y Rockefeller cantando "arriba, parias de la tierra" - rescatan los productos de limpieza Centella - en los últimos años de capa caída en cuanto a ventas-, y, haciendo gala a su apellido, pretenden lavar la cara a nuestra sociedad capitalista con un pañuelo comunista. Algo así como asear los dignos retretes con el cubo de las heces.
Estoy de acuerdo con Churchill, cuando dijo aquello de “la democracia es el peor sistema de gobierno, exceptuando todos los demás.” Y, por supuesto, pienso que el capitalismo debe galopar embridado por la regulación. Para que aquellos fantoches que, al leer el Playboy, se masturban rastreando las fotos de los yates y los relojes, y se higienizan con el talonario, estén más agarraditos que en las últimas décadas. Sin embargo, José Luis “spray” Centella no debe de estar de acuerdo con el hombre más importante del siglo XX (a mi parecer, claro). Él se agarra a las excepciones. Cuando las excepciones son el fascismo, el nazismo, el comunismo, y todos los ismos violentos que revolucionaron el mundo en la primera mitad del XX, Centella llega con un haz de ideas nuevas en la mano: La hoz y el martillo, que son precisamente efectísimos productos de limpieza. La abuela le habrá descongelado hace un par de fines de semana con un secador de pelo, porque no se entiende que todavía llegue un tipo con tal rostro, defendiendo tales ideas y creerse adalid de la justicia y la igualdad, sin despeinarse, oiga. Los números de millones de muertos bajo el comunismo se nos diluyen en las estadísticas, ésas que aludía Stalin: “Una muerte es una tragedia, un millón de muertos simple estadística”. A don José no le daba igual ocho que ochenta, siempre quería ochenta. Y si las cifras se diluyen es por oscurantismo, porque todavía, ni chinos ni rusos, nos desvelan guarismos. Volviendo a Churchill: “Es un acertijo, envuelto en un misterio, dentro de un enigma”.
Y tal acertijo, tal misterio y tal enigma es el que envuelve a este José Luis, sin claridad ni luz, sólo Centella, cuando defiende la dictadura de Fidel. Otro fidelísimo a Fidel: En el mitin, flamean la bandera, pasean la efigie fotografiada, palmean la espalda de una tuerca del gobierno cubano con forma de persona. Pido que la abuela regrese al chavalote, ya cincuentón, al frigorífico, para que perpetre las revoluciones entre los productos lácteos que se come al desayunar, para que mire los alimentos que andan fuera de una cartilla de racionamiento cubana y piense que, entre ficha y ficha de dominó, al cubanito le gustaría comer. Que la abuela le dé un garbeo por las bibliotecas públicas -sí, públicas - y las librerías que venden libros - sí, venden, ¡horror! – de todos los colores y condiciones, para que lea un poco el chico, y piense que allá en Cuba, no pueden escribir lo que les venga en gana. Pensar sí, porque eso no se ve, pero si se viera, a la trena. Por cierto, les encierran en unas celdas muy sucias, guarrísimas, infrahumanas, faltas de los productos de limpieza Centella. Como estos días va allá de vaciones, que los importe, hombre, señor don José Luis "spray" Centella.
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