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salander

Sabina, siglo XIX

Sabina, siglo XIX

 

Sabina es el que trova los madriles viniendo de Úbeda, Jaén. Ha dejado todo un ramillete de frases que santifican la ciudad como matriz de la canalla española, desde que aposentó su sed de borracho allá por el 78. Son muchas: “una jeringuilla en el lavabo”, “donde el deseo viaja en ascensores”, “con su boina calada, con sus guantes de seda…”.  Ha llegado a tal punto de consenso, que las niñas pijas de mechón de oro le cantan coros en el Palacio de los Deportes, junto a los macarras algo poetizados, todavía con los macarras que les resta algo de casticismo. Convergen cuando las unas oyen en el Polo al inquisitoriable Bisbal, y los unos a AC/DC en la furgo con ambientador de marihuana.

 

Ahora se ha unido a Pereza para rocanrolear la última canción. Y a mí esto no me ha sentado muy bien. Qué quieren que les diga, pero las canciones de Pereza me resultan tan ñoñas, tan enlatadas para venderlas junto a la Barbie Rock, que me huele a tufo de marketing, algo así como para que la adolescencia que hay que enseñar a masturbar, se entere de la presencia del que se ríe como un pirata cojo, con parche en el ojo... Los de Pereza parece que se disfrazan de Keith Richards los viernes por la noche y luego duermen con un esquijama blanquirosa. Reconozco que han mejorado, y con canciones como “Champagne” se ponen un poco más duros que cuando cantaban aquello de “Nunca he conocido nadie como tú, me gustas tanto… Vamos a hacer una fiesta, Me importa un huevo el vecino.”. Tan duros como Dylan, el chico duro de “Sensación de Vivir”. Supongo que a las adolescentes les supondrá un sueño entre tibias y calaveras, una liberación patriarcal de nuevo en el lado del mal.

 

Volviendo a Sabina, que es quien importa, sigue bombinero. Cuenta que la parca le lanzó un órdago a la grande y de milagro salvó el mus. No le quedó más remedio que someterse al agujero negro de una depresión y ascender palmo a palmo, clavando la pluma como un piolet, para culminar la montaña de los poetas, el parnaso, con un título ya clásico: “Ciento volando de catorce”. El libro tuvo su importancia porque parece ser que conquistó al público que no le gusta la poesía, y al que también le gusta, además de animarle a salir de la cama para volver a  cantar. Desde ese momento, desde que aconteció la sima del zurriagazo, Sabina se poetizó también por fuera. Se caló el bombín y se emperilló. Las chaquetas en sus actuaciones son cada vez más extravagantes y extemporáneas, mucho más cercanas a las levitas del dandismo del XIX de los poetas malditos que a la guardarropía horterísima de los 80. Los botines no faltan, a veces hasta portando un bastón comanda el concierto, como una majorette, desfilando para una caterva de rufianes que leen a García Montero y a Benjamín Prado (su colaborador en el último disco).   

 

A mí, como a otros muchos, también me cansa que siempre se adjunte al rojerío tipical spanish - que llevan ciento cuarenta años con el mismo pin en la solapa -, junto al actor de pose envarada - muy religioso en cuanto a reivindicaciones -, el cantautor sibarítico, diletante - que lleva ciento cuarenta años sin enemigo a quien cantar, y si no es que se lo ha inventado -, y el comunista que ni está ni se le espera - ahora aparece un tal Centella, con las ideas gélidas y chirriantes del viejo transiberiano -. Pero se le perdona, porque cae bien y son muchos los hombres de talento que sucumben en estas veleidades de artista. Además es un cachondo, y además es bueno, muy bueno, se atreve hasta con la canción taurina, dedicada a Manolete. A ver si nos dejan un hueco las pijas de mechón de oro y sus amantes macarras, y podemos verle en directo. Me quito el bombín.

 

 

1 comentario

Danglars -

Me da lástima ver como artistas del calibre de Sabina han sucumbido a la mala costumbre de lamerle el culo al político de turno, y eso que él parecía incorruptible. La verdad es que me dolió cuando le vi haciendo el gesto de la cejita mientras se frotaba con la turba de los Bardem, y otros artistas de medio pelo que aplaudían con fervor la aprobación del canon digital, ya que otra de forma no ingresarían ni un puto euro ya que no hay dios que los escuches. Lo cierto es que a Sabina no le hacía falta subirse a ese tren de "rojos", por que así se autodenominan aunque hay mucho que decir al respecto, ansiosos de sed de dinero a cualquier precio. No obstante, y como dice Pirulo respecto de Centella a Sabina se le perdona, ya que lleva a sus espaldas una tonelada de letras que sin ellas podríamos decir que nos habría faltado algo o habríamos digerido de otra manera la amargura de unas calabazas, unos cuernos de nosotros o de ellas o una noche de excesos.
Vale.