MURIERON LA CALVOROTA, EL BIGOTE Y LAS GAFAS
Parece mentira, pero la suma de los personajes que ha encarnado López Vázquez nos daría como producto un hombre con el rijo de Belcebú. Y eso, a pesar de haber forjado el hierro de su obra mientras “Paca la culona” - así le llamaba Queipo de Llano a sus espaldas - acaudillaba el país bajo palio.
La imagen más característica del actor es en pos de un nalgatorio “muy bien partido por la mitad”- como le oí una vez decir a uno -, cuya propietaria mide un palmo más que el español medio de los 60, de cabellos blondos y pechugas hipnotizantes. Y si López, como he leído una y mil veces, interpretaba al hombre medio español como nadie, no podemos llegar sino a la conclusión de que el español medio era un espécimen de verraco enfermo, que restregaba sus genitales contra las paredes con el aparecer de una curva en la calzada.
El español medio era un hombre de calvorota, bigote y gafas de concha que saltaban cuando alcanzaban el reflejo de una minfalda. También, el medio español, era un hombre bajo de pecho florido, de rizadas crines negras, que montaba excursiones a Perpiñán en autocar, para alcanzar la erección soñada en un cine licencioso y libertino, mientras Marlon Brando cocía la mantequilla en “El último tango en París”, en el culo de María Schneider. Sí, López Vázquez ahondó en el hombre que desechaba la amantísima rigidez ártica de la esposa, rechazaba las barricadas y los lutos que le habían preparado entre carne y carne, y se decidía a conquistar el campo sin puertas que ofrecían las suecas en biquini. “¡¿Dónde están las suecaaaas?!”, gritaba en la pantalla con los ojos como huevos duros, el ansia, el pecho y los brazos por delante - a lo Groucho -, el flotador, la sombrilla y el incendio interpernil.
Gracias a Berlanga se masturbó sobre los hombros de Luis Ciges, mientras a Bárbara Rey le fotografiaban la infinitud de sus piernas, o medía la cabeza del vástago para comprobar si había heredado el cabezón del suegro. Gracias a Jaime de Armiñán se vistió de mujer en “Mi querida señorita”, hasta que la diagnostican que era un hombre y protagonizó películas como “Doctor, me gustan las mujeres, ¿es grave?”, “Zorrita Martínez”, “Playboy en paro” o “Un casto varón español”. Sólo leyendo los títulos de su obra más deleznable se da uno cuenta de lo mucho que ha cambiado el barrio en treinta y tantos años. Y digo deleznable, aun haciéndome gracia sus apariciones incontables en el cine del landismo, el cine que más ve Bibiano Aído cuando no la ve nadie.
Luego, sí, tiene obras inolvidables – mucho Berlanga, Saura, Armiñán, Camus, Mercero, Dibildos -, que el tiempo dirá si las olvidaremos o no, - Dios quiera que no, yo no -, pero sin duda se le recordará como el arquetipo, el otro Landa, el otro español que usa gafas y cultiva la línea de un bigote fino fino, a lo Franco, a lo “Paca la culona”, y tres cuartos de españoles.
Al morir López Vázquez parece que mueren definitivamente nuestros abuelos, cuando se vestían de José Luis para acudir al Levante. Yo no sé qué harían nuestros abuelos cuando las esposas se daban la vuelta en la playa, pero se me ocurren unas tantas si seguían el ejemplo del héroe de la época, aquél que ya no se acordaba de hazañas ni de deshacer entuertos, sólo de llegar a la tumba con la quiniela de las rubias suecas sellada, cumplimentada. Es evidente que el sueño de la razón, como la falta de libertad, produce monstruos – decía Goya -, y el español medio – los López, los Vázquez - se convirtió en el monstruo de Franco, cansado de lo rancio, avizorando la frontera, el extranjero, como un cielo de rubias y cines sin censura. No quería misas eternas, quería minifaldas, una prenda que hizo más labor que mucho carné comunista, porque era una bandera libertaria, muy apetecible, que se coló por las Baleares cuando se decía lo de “Spain is different” y no exigía leer El Capital.