DE ANACLETOS
Si el mundo estuviera poblado de hombres que sienten por el prójimo lo mismo que San Francisco de Asís sentía por el pollino, el cánido o la abutarda, aceptaría Sitel como elemento preventivo, como olfateador inteligentísimo de criminales consumados. Pero, por lo visto, Sitel es un sabueso que nadie ve, que el Gobierno activa y al punto las Fuerzas de Seguridad entregan datos a mansalva, datos que pueden ser veraces o no, ya que nadie los controla. Más o menos podría ocurrir esto: uno dice a su pareja: “nena, esta noche no voy a cenar”. Y el policía entrega: “nena, esta noche no voy a cenar, he quedado con mis amigos, nos emborracharemos y acabaremos en el Club Tropical Girl´s, nos bañaremos en un jacuzzi lleno de champaña, folgaré a placer tanto con rubias como con morenas. Quizás llegue algo tarde. No te preocupes.”. Parece algo exagerado, pero podría ocurrir porque el PSOE levantó la normativa del sistema – que guardó el PP en la nevera – con el sigilo de un apache caminando sobre pavimento de algodón, para que nadie preguntara allá en el 2004 post-11M. Cuando las Fuerzas de Seguridad entregan los datos del presunto presuntuoso, no existe garantía de autenticidad, los discos se entregan sin firma electrónica y sin encriptar, lo que quiere decir que donde dice digo puede decir Diego, siempre que a un elemento se le antoje o un antojado, lo ordene.
Como decía, si todos atesoráramos la inocencia de los querubines, si nos desvelásemos por los desvalidos, si nuestro corazón se estremeciera con las acometidas de la injusticia y en el frontispicio de nuestra ética hubiésemos tallado las letras de una recta moral, estaría de acuerdo. Pero “en estos muros de la patria mía” de Quevedo, Sitel tiene más peligro que un ejemplar de Playboy en unos baños talibanes. Estamos hablando de que ahora lo utiliza el PSOE seguramente para lo bueno y para lo malo, es decir, para la lucha antiterrorista y sus lizas políticas contra el PP. Después, puede llegar el PP, y emplearlo para otras tantas batallas electorales, para degradar al opositor. Estamos hablando del país de los Güelfos y Guibelinos, de los hunos y los otros, de carlistas y liberales, de rojos y fachas.
El invento estaría bien, sí, para esos hombres y mujeres que miran al horizonte con la grandeza de un héroe, dispuestos a labrar un futuro mejor, más justo, para el prójimo y las siguientes generaciones. Pero resulta que no, que nos encontramos en España, tierra de audaces ladrones, páramo de honrados, vergel de la engañifa, la desigualdad y la violencia. Allá donde hay un español, hay un compatriota observándolo de soslayo con inquina. Si el maravilloso invento no se regula hasta la extenuación, hasta prácticamente su anquilosamiento obligado, los españoles lo utilizaremos para lo propio, para lo que nos gusta. Del mismo modo que en la Guerra Civil se aprovechaban las refriegas para saldar las cuentas de una deuda o salvar el honor de una indigna cornamenta, aprovecharemos Sitel para espiar los juegos de cama de un director de periódico que nos toca las pelotas con sus portadas, seguiremos el rastro de nuestras infieles parejas y de sus acompañantes, nos vengaremos del que nos puso la zancadilla en el pasillo del cole y perseguiremos al profe que suspende a nuestros hijos.
Si en otros países más civilizados, la inteligencia – el Mi5-6, por ejemplo - se porta tan mal, ¿qué harán nuestros mortadelos y filemones que pescan merlines en vacaciones, como ese Alberto Sanz? ¿Qué puede perpetrar Rubalcaba por un puñado de votos? Y la pregunta de siempre en estos casos de anacletos, ¿quién vigila al vigilante?
2 comentarios
danglars -
Vale.
Nacho -